Friday, September 01, 2006

LA DROGA MATA, EL AMOR REDIME Y DA VIDA


“Mercaderes de muerte”: así llamó el Papa Juan Pablo II a los traficantes de droga. Mercaderes de muerte que venden sus productos precisamente a quienes tal vez buscan una ayuda para redescubrir el sentido y el valor de sus vidas.La droga es un problema que pone numerosos retos al mundo contemporáneo, especialmente a los países más desarrollados, aunque no sólo a ellos. La pregunta de fondo es: ¿por qué hay adolescentes, jóvenes o adultos que recurren a la droga?La respuesta no es fácil. Algunos expertos consideran que la raíz de la difusión de las drogas (inclusive el uso abusivo del alcohol) se encuentra en un cierto vacío de valores y en una mentalidad que promueve la búsqueda del placer como fin principal de la propia existencia. Si un hombre o una mujer ven el placer inmediato, intenso, fácil, como una especie de vía de fuga, un camino rápido para lograr sensaciones de plenitud y de satisfacción, la droga podrá ser muy pronto una amiga que hará sonreír unos instantes y que, más tarde, llevará a la tristeza, al abatimiento o a la desesperación.Si el hedonismo, el materialismo y el vacío existencial abren el paso al avance del consumo de las drogas, la mejor barrera de defensa será una educación que promueva los valores, la autoestima, el amor por el trabajo, la vida familiar y el compromiso social: todo lo contrario de la búsqueda del placer por el placer. Un chico o una chica que recibe cariño y respeto de sus padres y, a la vez, descubre que sus exigencias son justas; que aprende que no todo es fácil; que descubre el sentido del trabajo o del estudio para la propia realización personal y para la construcción de un mundo mejor... Un joven así no puede ser una víctima fácil para los mercaderes de muerte, porque para él la vida no consiste sólo en disfrutar de modo fácil ni en rehuir cualquier esfuerzo.Por lo mismo, junto a la lucha contra el tráfico de drogas, hace falta promover una cultura nueva. La familia debería ser el primer lugar para transmitir esa cultura. Si los padres saben hablar entre sí, si se respetan y se aman sinceramente. Si ven a cada hijo como un don, si lo aman como es, si lo acogen y escuchan, si no tienen miedo a exigirle lo bueno y lo justo, se ha logrado muchísimo para que el hijo sea más fuerte ante la tentación de una aventura entre drogas ligeras o pesadas.La escuela también debe hacer una labor muy importante a favor de esa nueva cultura. Un maestro no es un simple transmisor de conocimientos: está llamado a enseñar pautas de vida. Si sabe ser respetuoso con todos, si busca cómo estar cerca de quien se aísla de los demás, si trabaja en equipo con el director de la escuela y con los padres de familia, será posible crear una red de apoyo en la que todos puedan ayudar y ayudarse de los demás para lograr la mejor educación de cada alumno.Igualmente, es importante seleccionar bien qué libros, películas o programas de televisión estarán al alcance de nuestros niños y adolescentes. Quien ve siempre programas que presentan la vida como algo fácil, el placer como un juego sin responsabilidad, la misma droga como una experiencia normal del protagonista que es presentado como un héroe, recibirá una herida más o menos profunda en su psicología. Tal herida podrá ser contrarrestada sólo si la familia y los amigos ofrecen otro tipo de valores (aman el estudio, el deporte, el trabajo honesto, la diversión sana). Pero no siempre un sano ambiente familiar y social es suficiente para frenar lo que ha suscitado una imagen en la pantalla de la computadora...Desde luego, aplicar este programa de prevención exige todo un esfuerzo social, y lleva mucho tiempo. A nuestro lado caerán en los lazos de los mercaderes de la muerte cientos de jóvenes y adultos que buscan al inicio “sentirse bien” y que terminan en el vacío y la soledad del esclavo. Estos jóvenes, estos adultos, necesitan redescubrir su dignidad, su valor, su riqueza interior, tal vez sepultada durante meses o años bajo el peso de la dependencia. Por eso nuestra ayuda, nuestro respeto, nuestro cariño, resultan fundamentales para iniciar el camino de la liberación.Es cierto que en muchos casos habrá que recurrir a tratamientos médicos y psicológicos, habrá que pedir ayuda a comunidades dedicadas a la rehabilitación de drogadictos. Pero el tratamiento no será nunca suficiente si no hay un apoyo de la familia, los amigos, la sociedad entera. Muchas veces alguien ha caído en las redes de la droga porque se le dejó vivir según sus caprichos, porque fue aislado de la sociedad, o porque ha sido impulsado por algún problema psíquico no atendido de modo correcto. También existen casos de quien prueba las drogas por engaño o por un momento de debilidad. Por lo mismo, un buen ambiente familiar y un sano diálogo con algún sacerdote amigo o con educadores de confianza podrán ayudar a solucionar el problema en sus inicios o en el momento de la rehabilitación.Todos queremos amar y ser amados, dar un sentido a la vida, descubrir que valemos mucho a los ojos de los hombres y, de un modo mucho más profundo, a los ojos de Dios. Quizá la droga nos ha aislado, nos ha encerrado en un mundo transitorio, fugaz, que nos hirió y no pudo llenar nuestros anhelos más profundos.Vender nuestras venas a un mercader de muerte dará una felicidad muy pobre e incompleta. La droga mata. El amor, en cambio, redime y da vida.

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